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El balance del castrismo mientras Trump prepara la guerra contra Cuba

Parte 1

Menos de seis meses después del secuestro y derrocamiento del presidente venezolano Nicolás Maduro —una operación en la que las Fuerzas Especiales de Estados Unidos mataron a 32 miembros del personal de seguridad cubano y a decenas de venezolanos en Caracas—, la administración Trump prepara abiertamente una operación militar contra Cuba. Las amenazas evocan el legado de los golpes de Estado respaldados por Washington y las dictaduras militares fascistas que bañaron en sangre a América Latina a lo largo del siglo XX, y representan un impulso para reimponerle a la isla la dominación colonial.

Los trabajadores en Cuba, en Estados Unidos y en todo el continente americano deben movilizarse urgentemente en oposición a esta agresión imperialista en curso y a los planes de guerra. Pero contra los apologistas que dicen que éste no es el momento de escrutar al liderazgo cubano —de manera similar a lo que dijeron sobre el gobierno chavista que ahora cede el control de Caracas a la CIA y el Pentágono—, cualquier oposición eficaz al imperialismo requiere un balance de la experiencia histórica con el castrismo: no sólo su impacto dentro de Cuba, sino también el papel que ha desempeñado en todo el hemisferio.

Esto no es un ejercicio teórico abstracto. Es una necesidad política, porque cada fuerza política que hoy se retuerce ante la situación de Cuba sin ofrecer ningún programa real para su defensa —Lula en Brasil, Sheinbaum en México, los chavistas, los partidos estalinistas y las tendencias pablistas— son, a la vez, productos y continuadores de la política que creó esta catástrofe.

Las últimas amenazas

La escalada de la presión estadounidense contra Cuba ha avanzado con una brutalidad que no deja lugar a dudas sobre las intenciones de Washington. El primer día de su segundo mandato, Trump restableció a Cuba en la lista de 'Estados patrocinadores del terrorismo', desencadenando una amplia serie de penalidades financieras, comerciales y en materia de ayuda. Tras el secuestro de Maduro, Trump declaró: 'Cuba está lista para caer'. A finales de enero declaró a Cuba 'una emergencia nacional' y amenazó a los proveedores de petróleo con severas sanciones si suministraban combustible a la isla. El 1.º de mayo, la administración impuso sanciones contra cualquier empresa que hiciera negocios con la economía cubana —una medida que, sumada al embargo de combustible ya existente, amenaza a la isla con un colapso económico sin precedentes.

Los resultados concretos de este cerco son genocidas. La llegada de un único buque cisterna ruso permitió que la proporción del territorio cubano afectado por cortes de electricidad cayera temporalmente del 60 por ciento al 30 por ciento, según la empresa eléctrica del país, pero ese alivio duró apenas un par de semanas. En mayo, la isla registró sus peores niveles de apagones en su historia. Entre el 6 y el 18 de mayo, La Habana sufrió cortes de luz continuos durante 24 horas al día. Los refrigeradores han dejado de funcionar, los alimentos se están echando a perder, las operaciones quirúrgicas han sido canceladas y la mortalidad infantil se ha duplicado.

El 21 de mayo, el portaaviones USS Nimitz y tres buques de escolta entraron al mar Caribe. Su llegada se produjo un día después de que el Departamento de Justicia anunciara cargos de homicidio fraudulentos contra el expresidente cubano Raúl Castro, de 94 años, por el derribo de dos aviones pilotados por provocadores vinculados a la CIA en 1996. La acusación es una amenaza transparente de repetir el tipo de operación empleada contra Maduro: imputar a un líder con cargos fabricados y luego utilizar eso como cobertura legal para su secuestro y una operación militar.

El vicecanciller cubano Carlos Fernández de Cossío ha reconocido que su país se está preparando para la guerra, afirmando que 'seríamos ingenuos si no lo hiciéramos'. Los funcionarios cubanos han comenzado a circular una 'Guía familiar de protección ante la agresión militar'.

La animosidad de la clase dominante estadounidense hacia el pueblo cubano no está impulsada únicamente por objetivos geoestratégicos, sino también por una venganza calculada por la revolución de 1959 y la pérdida tanto del control corporativo de Estados Unidos sobre la economía de la isla como de los casinos de la mafia. Para captar la profundidad de este odio, basta recordar la negativa a vender oxígeno a Cuba durante la pandemia de COVID-19. Cuando la élite gobernante estadounidense adoptó una política de 'dejar que se propague' sacrificando la vida de los trabajadores norteamericanos, simultáneamente ordenó una política de 'dejar que los cubanos se asfixien'. Esa misma vocación bipartidista por la destrucción del pueblo cubano anima a la administración Trump hoy.

El World Socialist Web Site llama a los trabajadores a oponerse a las amenazas de invasión, cambio de régimen y recolonización de Cuba por parte del imperialismo estadounidense. Nuestra defensa de Cuba frente a la agresión imperialista es incondicional y sin reservas. Es precisamente porque basamos esa defensa en los intereses independientes y la movilización consciente de la clase obrera —y no en su subordinación al liderazgo nacionalista cubano— que una evaluación sobria del castrismo no sólo es compatible con esa defensa, sino que constituye su fundamento necesario.

La Revolución cubana y la teoría de la revolución permanente

La historia de Cuba es la historia del fracaso de los liderazgos nacionalistas burgueses y pequeñoburgueses para asegurar la independencia nacional auténtica de la isla, cuyo destino ha estado inextricablemente ligado a su proximidad e importancia estratégica para Estados Unidos desde que este emergió como potencia imperialista.

El secretario de Estado James G. Blaine comprendió esto tan temprano como en 1881. Declaró:

Esa rica isla, llave del golfo de México, aunque en manos de España, forma parte del sistema comercial americano... Si algún día dejara de ser española, Cuba tendría que pasar necesariamente a manos americanas y no caer bajo ninguna otra dominación europea'.

La construcción del canal de Panamá a principios de siglo sólo aumentó este peso estratégico, ya que las aguas que rodean a Cuba conectan el canal tanto con la costa del golfo de México como con la costa este de Estados Unidos. Hoy, las apuestas son aún más altas. Un análisis industrial reciente concluye que 'los recursos de níquel y cobalto de Cuba representan uno de los activos minerales sin desarrollar más significativos del hemisferio occidental. La cadena de suministro mundial de baterías para vehículos eléctricos necesita exactamente lo que Cuba tiene'.

El pueblo cubano libró tres guerras de independencia contra España, a un costo humano atroz. En la última de ellas (1895-1898), España desplegó 220.285 soldados e inventó el campo de concentración moderno. Aproximadamente el 20 por ciento de la población de Cuba pereció. Cuando la guerra terminó, sin embargo, no fue la independencia cubana lo que se estableció, sino la tutela de Estados Unidos.

Washington intervino en 1898, excluyó a los líderes cubanos del Tratado de París que formalmente puso fin al colonialismo español, e impuso la Enmienda Platt —otorgándole a Washington el derecho irrestricto de intervenir militarmente en los asuntos cubanos. Washington también aseguró la bahía de Guantánamo como base militar permanente de Estados Unidos. El Día de la República de Cuba, el 20 de mayo de 1902, no conmemora una independencia genuina, sino su simulación: una condición semicolonial que preservó la subordinación esencial de Cuba al imperialismo estadounidense, incluso cuando las barras y estrellas fueron bajadas del Castillo del Morro en La Habana.

Las fuerzas de clase que impulsaron esta historia fueron claramente identificadas en una conferencia fundacional de Bill Van Auken titulada 'El castrismo y la política del nacionalismo pequeñoburgués'. Ese análisis trazó las profundas raíces de la revolución de 1959 en el carácter abortado de la lucha de independencia de Cuba y la resultante dominación de la economía y la política de la isla por el capital estadounidense y sus agentes locales.

La realidad social de Cuba prerrevolucionaria era la de una extrema concentración de la riqueza junto a una pobreza rural masiva y un desempleo urbano generalizado. La economía de la isla —sus plantaciones azucareras, los servicios públicos, los ferrocarriles, los hoteles y las industrias— era abrumadoramente propiedad de empresas estadounidenses o de la burguesía local ligada a ellas.

El submundo empresarial cubano estaba profundamente conectado con los más altos niveles del establishment estadounidense. Charles 'Bebe' Rebozo, un banquero cubano vinculado a la mafia y uno de los más cercanos confidentes de Richard Nixon, viajaba con regularidad con Nixon y el senador de Florida George Smathers a La Habana en excursiones de casinos dirigidas íntegramente por figuras del crimen organizado estadounidense como Meyer Lansky. Rebozo mantenía profundos lazos personales y de negocios con el círculo íntimo de Batista, incluyendo a Edgardo Buttari y Burke Hedges. La Cuba de Batista era, en efecto, un narco-Estado cuyos supervisores residían en Washington y Miami.

La parálisis política de la clase obrera cubana en ese período, como documentó Van Auken, fue producto del sabotaje deliberado. El Partido Comunista estalinista cubano —el PSP— tuvo una responsabilidad directa en encauzar las anteriores convulsiones revolucionarias detrás de Batista, incluso ingresando en su gobierno. La huelga general y la revolución de 1933 que derrocó la dictadura de Gerardo Machado abrió una situación genuinamente revolucionaria, con los trabajadores tomando fábricas y formando soviets. Pero los estalinistas subordinaron este movimiento a Batista, quien en ese momento se disfrazaba de antiimperialista. Con la clase obrera políticamente desarmada, el resultado no fue la resolución de las tareas democráticas de Cuba, sino su aplazamiento bajo un nuevo caudillo capitalista.

Cuando llegó la revolución de 1959, no fue principalmente el foco guerrillero en Sierra Maestra el que derribó a Batista. Fue el movimiento huelguístico masivo en las ciudades el que paralizó su régimen y lo tornó insostenible. El movimiento castrista llenó un vacío político creado por el colapso de la autoridad de Batista y la ausencia de una dirección revolucionaria de la clase obrera capaz de disputar el poder.

Este es un punto crucial: el triunfo del Movimiento 26 de Julio de Castro no fue una confirmación de la guerra de guerrillas como camino al poder, sino una demostración de que, privada de dirección revolucionaria, la clase obrera sólo puede ser testigo de cómo los movimientos nacionalistas burgueses heredan el Estado como supervisores de una explotación capitalista continua.

Castro pronunciándose ante la Conferencia Tricontinental de 1966, donde denunció el trotskismo

El gobierno de Eisenhower y luego el de Kennedy se rehusaron a negociar con quienes habían depuesto a su marioneta en La Habana, o a aceptar siquiera reformas agrarias mínimas y otras medidas exigidas por las masas. En cambio, suspendieron la importación de azúcar cubano, imponiendo un embargo comercial estadounidense casi total. El gobierno castrista que emergió de este proceso respondió, por necesidad económica, con nacionalizaciones masivas de las plantaciones, los servicios públicos, los ferrocarriles, los hoteles y las industrias de propiedad estadounidense.

Tras recurrir a la burocracia estalinista de la Unión Soviética en busca de ayuda, Castro implementó programas que lograron conquistas sociales genuinas en alfabetización, salud pública y educación. Estos logros fueron reales, pero se alcanzaron dentro de un aparato estatal que siguió siendo fundamentalmente capitalista en su carácter de clase, y bajo condiciones de total subordinación política de Cuba a la política exterior contrarrevolucionaria de Moscú.

La dependencia estructural de la economía cubana del patrocinio externo confirmó que los trabajadores no podían ni pueden salvaguardar las conquistas sociales restantes de ese período a través del gobierno castrista. El liderazgo nacionalista burgués cubano siempre ha necesitado un patrocinador para mantener a flote su economía. Durante la Guerra Fría, ese patrocinador fue la Unión Soviética. Tras la disolución de la URSS, fue Venezuela y, en un sentido más limitado y a corto plazo, México.

Toda una capa del liderazgo militar y partidario cubano se enriqueció a través del acceso privilegiado a los ingresos del turismo y las empresas conjuntas con capital europeo y canadiense. En la última década, el gasto en turismo y hoteles ha eclipsado todas las demás prioridades de inversión. En 2024, el Estado cubano concentró el 37,4 por ciento de todas las inversiones en la construcción de complejos turísticos, una cifra once veces mayor que el gasto en educación y salud combinados.

Esta es la expresión económica lógica de un Estado cuyo estrato gobernante, pese a toda su retórica nacionalista, siempre ha estado orientado a encontrar una acomodación con el capitalismo global en lugar de movilizar a la clase obrera para derrocarlo. Por el contrario, atraer inversiones de capital requiere costos competitivos en forma de mano de obra barata y recursos naturales.

La catástrofe actual ha puesto al descubierto esta realidad. Cuando el presidente Díaz-Canel, en una entrevista reciente con BreakThrough News, reflexiona sobre las lecciones de las guerras de independencia de Cuba y la revolución de 1933, concluye que la razón fundamental por la que los movimientos anteriores no lograron asegurar la independencia fue la 'desunión' entre los cubanos. La revolución de 1959 tuvo éxito, argumenta, porque 'aglutinó las principales fuerzas políticas en un solo partido con la misma concepción martiana del Partido Revolucionario Cubano' y así 'logrado vencer la adversidad, hemos logrado vencer el bloqueo, hemos logrado vencer toda la agresión imperialista'.

Lo contrario es lo cierto. El fracaso de las guerras de independencia y los levantamientos revolucionarios de Cuba no fue producto de la desunión entre los cubanos. Fue producto de la incapacidad de todos los programas nacionalistas, en la época del imperialismo, para resolver la contradicción fundamental entre las tareas democráticas de la nación cubana —la autodeterminación nacional, la reforma agraria, la soberanía sobre sus recursos— y los intereses de clase de la burguesía y la pequeña burguesía que encabezaron cada movimiento nacionalista.

Esa contradicción no puede superarse mediante la unidad bajo una bandera nacionalista. Sólo puede resolverse mediante la destrucción por parte de la clase obrera del Estado capitalista y la toma del poder en nombre propio, como parte de la revolución socialista internacional —exactamente lo que establece la teoría de la revolución permanente de Trotsky, que orientó la estrategia exitosa de la Revolución rusa de octubre de 1917.

Esa teoría, desarrollada en el contexto de las revoluciones rusas de 1905 y 1917, la Primera Guerra Mundial y los desarrollos mundiales más amplios de principios del siglo XX, descansa en tres tesis entrelazadas. Primera: en los países de desarrollo capitalista tardío, la burguesía es demasiado débil, demasiado ligada al imperialismo y al latifundismo, y demasiado temerosa del surgimiento de una clase obrera revolucionaria para completar las tareas clásicas de la revolución democrática burguesa. Sólo la clase obrera, movilizando tras de sí al campesinado y a los pobres del campo, puede cumplir estas tareas.

Segunda: la revolución democrática no puede detenerse en la 'etapa' capitalista —debe crecer de manera ininterrumpida hacia medidas socialistas, es decir, la expropiación del capital. Tercera, y más importante: la revolución socialista no puede completarse en un solo país. Debe volverse internacional, o será estrangulada —como lo demostró en definitiva el destino de la Unión Soviética bajo la dominación y la degeneración de la burocracia nacionalista estalinista.

La afirmación de Díaz-Canel de que Cuba ha resistido exitosamente el embargo y la agresión imperialista queda refutada por la devastación social actual. Los apagones, el colapso del sistema de salud, el éxodo de más de dos millones de cubanos en los últimos años dan testimonio de este fracaso catastrófico. Díaz-Canel intenta minimizar la crisis actual comparándola favorablemente con el Período Especial de los años 90, cuando el fin de los subsidios soviéticos provocó un agotamiento casi total del combustible y obligó a los cubanos a sobrevivir con un tercio menos de calorías. Pero el hecho de que los cubanos abandonen hoy su país en números que no tienen precedente en la historia cubana desmiente esta afirmación.

La Revolución Cubana ofrece una confirmación estratégica de la teoría de la revolución permanente en sentido negativo. Incluso las nacionalizaciones más radicales llevadas a cabo por un gobierno nacionalista pequeñoburgués, bajo condiciones de movilización masiva, no pudieron resolver la tarea democrática de la emancipación del imperialismo. Los defensores del castrismo podrían argumentar que es precisamente el aislamiento impuesto por el imperialismo estadounidense el que condujo a su fracaso, pero ese argumento sólo subraya el punto de que la lucha por el poder obrero como componente integral de la revolución socialista mundial es necesaria.

Hoy, con el círculo íntimo de la familia Castro negociando los términos de la rendición de Cuba con el director de la CIA en La Habana, invitando de regreso a la isla a inversores capitalistas expatriados, liberando presos políticos a demanda de Washington y expresando interés en cooperar con las agencias de inteligencia estadounidenses para mejorar 'la seguridad de ambas naciones', la bancarrota de esa estrategia nacionalista es total.

El carácter capitalista del liderazgo cubano es lo que le impide hacer un llamamiento genuino a los trabajadores norteamericanos para que se levanten contra la agresión de su propia clase dominante. Tal movimiento desde abajo en Estados Unidos desencadenaría inevitablemente un movimiento de trabajadores en Cuba que exigiría el fin de los privilegios de la élite capitalista y militar que controla la economía. El liderazgo castrista teme a su propia clase obrera incluso más de lo que teme a Washington. Por eso corteja a los 'gusanos' de la burguesía exiliada en Miami —que ha estado íntimamente ligada a los intentos de golpe de Estado y los complots terroristas de la CIA contra Cuba— como posibles inversores, en lugar de apelar a los trabajadores norteamericanos en nombre de la solidaridad internacional de clase.