El primer lunes de mayo cada año, ocurre un espectáculo del exceso en el Museo Metropolitano del Arte en la Ciudad de Nueva York –la Gala del Met. Se despliega la alfombra roja para los milmillonarios y sus aduladores, los políticos y los parásitos, y las celebridades que competen en algo que se llama los Oscar de la moda.
Es la pornografía de la riqueza. La entrada cuesta $35.000 y son limitadas. La élite compete fuertemente para conseguir una. Cada año, la revista de moda Vogue, que organiza el evento, selecciona un tema para los disfraces. En 2020, por ejemplo, fue “la trivialidad estudiada”, un tema que para la mayoría de los asistentes resultó instintivo.
Este año, fue más ostentosa que cualquier anterior. Vogue anunció que el tema era “el glamour dorado”, una moda inspirada por la Época Dorada del capitalismo estadounidense del siglo XIX. La revista explicó, “Para la élite, la moda durante ese período era una del exceso” y notó con entusiasmo que “gastaban atención extravagante a los detalles –y cantidades de dinero también– para sus conjuntos”.
Los asistentes cumplieron con el tema. El New York Times presentó el evento bajo el título, “Mucho dorado, poca culpa” y declaró, “la Gala del Met de 2022 celebró los temas de la opulencia, el exceso y la fama”.
Un millón de estadounidenses han fallecido a causa de COVID-19 junto a casi 20 millones de personas globalmente. El precio de bienes básicos, del petróleo y la comida, ha subido más allá del poder adquisitivo de la gente obrera. Es un mundo funesto de cinturones ajustados, escasa comida y presupuestos nerviosos. El derrame de sangre interminable en Ucrania, sustentado y expandido por las maniobras imperialistas de Washington, amenaza con una catástrofe global.
Los de la clase gobernante, sin embargo, se han enriquecido mucho. Durante los dos años de la pandemia, la riqueza de milmillonarios estadounidenses ha subido más de 70% a más de $5 billones. Los ricos se sienten dispuestos a celebrar.
Celebridades –pobres de sustancia, pero adecuadamente ricos para la ocasión– dominan en la alfombra roja. Los milmillonarios– los Astor y Vanderbilt de los últimos días– de traje son un poco más discretos, pero es su evento. Los actores, cantantes y estrellas de reality shows al final son su ostentación.
Obedientemente, en el cordón de terciopelo al borde de la alfombra, la prensa se reúne para captar cada vestido y preguntar quién lo diseñó, una prenda a medida de Prada aquí, la personalizada de Gucci allí. Durante minutos cientos de miles de dólares de tela ligera suben las escaleras. Millones más siguen.
Muchos de los disfraces son, para hablar francamente, deliberadamente repulsivos, pero son tratados seriamente, impregnados con sustancia por las sumas de dinero que representan. Siempre es así con la ropa del emperador.
Elon Musk, un hombre con patrimonio de un cuarto de un billón de dólares, hace muecas tontas para las cámaras. Él “ganó” un bono de $23 mil millones el mes pasado y compró Twitter por $44 mil millones. Considerado como una porción de su valor neto, le costó a Musk mucho menos comprar la plataforma de redes sociales que le habría costado a una familia obrera comprar un sedán usado. Él le dice a la prensa que piensa “hacer que Twitter sea lo más inclusivo posible” y entra en el Met.
Cardi B– cantante de la letra “Soy jefa, eres obrera, zorra”– sigue, con una cadena de oro de Versace de un kilómetro puesta.
Los políticos tardan más tiempo en entrar. La alfombra roja es su oportunidad para hacer una declaración que al mismo tiempo es cara y barata. El alcalde de Nueva York, Eric Adams, fanfarronea, y sus faldones a medida dicen, “Detengan la violencia con armas”. Michael Bloomberg, el exalcalde y milmillonario, ya está adentro.
Hillary Clinton sigue, su traje de noche de Joseph Altuzarra de color borgoña para esconder la sangre de las masas en Irak, Afganistán, Siria y Libia que sin duda mojan su dobladillo. Tenía el nombre de 60 mujeres inspiracionales bordados en el cuello y el fleco. Betty Ford está en su hombro, mientras Sacajawea está por detrás, y Rosa Parks se incluye en algún lugar, uno espera no en la parte trasera.
Ausente este año es Alexandria Ocasio-Cortez. Usó su entrada de $35.000 el año anterior para demostrar un vestido blanco de estilo de hombro descubierto con “Tasen a los Ricos” escrito en la parte trasera, antes de cenar con Elon Musk.
Kim Kardashian y Pete Davidson –uno se siente un poco devaluado al saber sus nombres– cruzan por último la alfombra roja. Kim está mucho más feliz, nos informa la prensa jadeantemente, desde que rompió con Kanye, y ahora ella usa el mismo vestido que Marilyn Monroe usó para Kennedy.
Mark Twain, el gran novelista estadounidense, inventó la frase “Época Dorada”, ahora adoptada sin comprensión de la ironía por la élite gobernante, para describir un período de corrupción y putrefacción social que los ricos cubrían con su exceso despilfarrador y ridículo. En 1869, escribió “Una carta abierta a Commodore Vanderbilt”. Dirigida a uno de los magnates de la era, sus palabras cáusticas parecen escritas a los aduladores de la alfombra roja de lunes.
“Ay, ¡cuánta lástima me das, Commodore Vanderbilt! La mayoría de los hombres tiene a unos amigos, cuya devoción es un confort y refugio para ellos, pero tú pareces ser el ícono sólo de una horda arrodillada de almas pequeñas, a que les encanta glorificar tus inferioridades flagrantes en papel; o elogian tus propiedades vastas de forma adoradora; o conmemoran tus hábitos y dichos y actividades privados, como si tus millones les diese dignidad…”.
Después de la alfombra roja, giran a la izquierda y desaparecen. Los asistentes de la gala vagan por los corredores de la cultura hacia cócteles y la cena. La escultura de mármol de 2.000 años de Irene, la personificación de la paz, durante mucho tiempo ha estado en el centro de la galería grecorromana. No hacía juego con la época actual, sin embargo, y fue removida. Una estatua de mármol a escala real de Rihanna embarazada tiene su lugar. Degas, Courbet, Rubens, Picasso, da Vinci –la riqueza cultural de la raza humana– son solamente los adornos de pared para su cena.
Más que nada, la Gala del Met deja claro la inconsciencia de la clase gobernante. Ante los ojos hambrientos y preocupados del mundo, alardean de su riqueza robada. En las viejas dinastías, fue el incesto que creó la mandíbula de Habsburgo y el cretinismo esporádico monárquico. No en el Met, pues es la realiza estadounidense; mientras hereden su riqueza, son idiotas de voluntad.
Su mundo es, en todo sentido de la frase, el otro lado de un espejo –narcisista e irreal. Inyecciones adicionales de riqueza en estos estratos sociales decrépitos solo servirá para endurecer el sentido de irrealidad, mientras por Botox las sonrisas se convierten en muecas inmóviles.
Afuera, la policía arresta a las personas sin hogar. Eric Adams, con su esmoquin hecho a mano, ha exigido que sean despejados de las calles. Sus pocas cosas son tiradas a la basura y sus campamentos son destrozados. De promedio, 650 de tales acontecimientos pasan todas las noches.
Los niños en muchos lugares del mundo recuerdan como una ocasión trascendental el primer día que usaron zapatos. Las madres son adeptas del arte de adelgazar el arroz y guardar sus escosas comidas. Sólo 0,6 por ciento de la gente en países de bajos ingresos han recibido una inyección de refuerzo contra COVID-19. Esa frase disgustosa, “empleo adicional” se ha convertido en un rasgo inescapable de la vida obrera.
Indiferentes a todo esto, con la arrogancia de la riqueza inmensa, la élite gobernante alardea de sus diamantes y su oro. Las guillotinas han sido afiladas con menos provocación. Se puede oír el chasquido de agujas de tejer y el sonido de carretas cercanas justo fuera del escenario.
León Trotsky, en su obra maestra Historia de la revolución rusa, describió la atmósfera en los círculos gobernantes en la Rusia zarista durante la Primera Guerra Mundial en la víspera de la revolución de octubre. Es increíblemente apto para hoy.
Especulación de todo tipo y apuestas sobre el mercado llegaron al punto de paroxismo. Fortunas enormes emergían de la espuma sangrienta. La falta de pan y petróleo en la capital no previnieron que el joyero del corte Faberget presumiera de que nunca antes había tomado un negocio tan floreciente. Dama de honor Vyrubova dice que en ninguna otra temporada se veían tales vestidos que los del invierno de 1915-16, y nunca se habían comprado tantos diamantes. Los clubes nocturnos estaban llenos de los héroes de la retaguardia, desertores legales, y personas respetables que simplemente eran demasiado mayores para la primera línea, pero suficientemente jóvenes para disfrutar de la vida. Los grandes duques no eran los últimos en disfrutar esta fiesta en el tiempo de plaga. Nadie tenía el menor temor de gastar demasiado. Una ducha continua de oro se caía del cielo. “La sociedad” levantaba la mano y el bolsillo, las mujeres aristocráticas levantaban la falda, todos chapoteaban en el lodo sangriento–banqueros, jefes de comisaría, industrialistas, bailarinas del zar y los grandes duques, prelados ortodoxos, damas de honor, diputados liberales, generales de la primera línea y la retaguardia, abogados radicales, burócratas ilustres de los dos sexos, sobrinos innumerables, y más particularmente sobrinas. Todos venían corriendo para recoger y comer, con el temor de que la lluvia sagrada parara de caer. Y todos rechazaron con indignación la idea vergonzosa de una paz prematura.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 4 de mayo de 2022)
