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Ochenta años de la llegada de Hitler al poder
Por Peter Schwarz
13 Febrero 2013
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el autor
Este artículo apareció en alemán y en
inglés el 2 de febrero 2013
Hace ochenta años, el 30 de enero 1933, el presidente Paul
Von Hindenburg nombró a Adolf Hitler canciller alemán.
Hitler dirigía el partido Nazi. Durante los siguientes
12 años, el régimen de Hitler cometió crímenes
nunca antes vistos. Aplastó el movimiento obrero; sometió
el país a una dictadura totalitaria; destruyó a
Europa en una guerra de agresión sin provocaciones y asesinó
a millones de judíos, gitanos y otras minorías.
Ese día, 30 de enero 1933, fue un corte clave en la historia.
Antes, se creía que el barbarismo y el antisemitismo eran
señales atraso económico y cultural. Sin embargo,
en 1933 la élite de un país que era considerado
altamente desarrollado -económica y culturalmente- le cedió
el poder a un bárbaro antisemita cuyo partido se basaba
en la escoria de la sociedad.
Las causas de ese fenómeno fueron las irresolubles contradicciones
del capitalismo alemán e internacional. Las consecuencias
de la Primera Guerra Mundial y el inicio de la crisis económica
global de 1929 arruinaron a gran parte de la clase trabajadora
y la clase media. La sociedad alemana quedó profundamente
dividida; la democracia sólo existía en nombre.
La República de Weimar sobrevivía mediante decretos
de emergencia y gabinetes presidenciales mientras se encaminaba
hacia una explosión social.
Bajo estas condiciones, Hindenburg decidió encomendar a
Hitler las riendas del gobierno. Se necesitaba a los Nazis para
aplastar al movimiento obrero. El fascismo alemán contaba
con un apoyo enorme en la pequeña-burguesía desesperada
y en el lumpen proletariado, a los cuales movilizaron contra el
movimiento obrero organizado. La destrucción del movimiento
obrero era un prerrequisito para la guerra de conquista que la
economía alemana exigía tan urgentemente.
La decisión de Hindenburg contó con el apoyo de
los comandos del ejército, por los grandes capitalistas
y por los partidos burgueses. Hitler no tuvo que conquistar el
poder; la clase gobernante se lo ofreció en bandeja de
plata. No obstante, la afirmación de que la mayoría
de alemanes apoyaron a Hitler es una falsedad.
Incluso en la última elección antes de la entrega
de poder, en noviembre de 1932, los dos principales partidos obreros,
el Partido Social Demócrata (SPD, siglas en alemán)
y el Partido Comunista (KPD, siglas en alemán) recibieron
medio millón de votos más que el partido Nazi de
Hitler. Los trabajadores odiaban a los Nazis. Además de
votar contra Hitler querían luchar contra él. Sus
dirigentes se mostraron incapaces de conducir esta lucha.
El SPD, que había aplastado la revolución proletaria
de 1918 y 1919, no tenía ninguna intención de movilizar
a los obreros. Fomentó ilusiones en la policía,
en el ejército y en Hindenburg, a quién el SPD había
apoyado en la elección del Reichstag de 1932. Nueve meses
después, el mismo Hindenburg nombró a Hitler canciller.
Los sindicatos dominados por la socialdemocracia fueron más
allá en su doblegamiento. La Federación General
Alemana de Sindicatos (ADGB, siglas en alemán) aseguró
ser leal al nuevo régimen y se manifestó en las
calles el Primero de Mayo de 1933 bajo la esvástica. Todo
fue en vano: el 2 de mayo, los Nazis tomaron por asalto las sedes
sindicales.
La clave para detener a Hitler yacía en las manos del Partido
Comunista, que había sido fundado en 1919 como respuesta
al giro hacia la derecha del SPD. Sin embargo, bajo la influencia
de Stalin, el KPD decidió a favor de una estrategia política
desastrosa. Rechazó hacer ninguna distinción entre
los Nacional Socialistas y los Social Demócratas, a quienes
designaron de "social fascistas". El liderazgo del KPD
se rehusó estrictamente a establecer una alianza defensiva
con el SPD en contra de los Nazis.
León Trotsky y sus seguidores lucharon sin cansancio por
tal frente unido, y fueron implacablemente perseguidos por los
estalinistas. La política estalinista asumió una
forma ultra-izquierdista; en realidad lo que escondía era
el rechazo del Partido Comunista de emprender una lucha para exponer
el liderazgo del SPD, reclutar a los trabajadores socialdemócratas
y montar una seria lucha contra Hitler.
"Ninguna política del Partido Comunista podría,
por supuesto, haber transformado a la democracia social en un
partido de la revolución", escribió Trotsky
en Mayo de 1933. "Pero ese tampoco era el objetivo. Era necesario
explotar al límite la contradicción entre el reformismo
y el fascismo, para así debilitar al fascismo y al mismo
tiempo debilitar al reformismo exponiendo ante los trabajadores
la incapacidad la dirección socialdemócrata. Estas
dos tareas se fusionaban naturalmente en una. La política
de la burocracia del Komintern condujo al resultado opuesto: la
capitulación de los reformistas servía a los intereses
del fascismo y no del comunismo; los trabajadores socialdemócratas
permanecieron con sus líderes; los trabajadores comunistas
perdieron su fe en sí mismos y en sus dirigentes.
Trotsky sacó conclusiones de largo alcance de la desastrosa
derrota de la clase obrera alemana. Hasta ese punto, la Oposición
de Izquierda dirigida por Trotsky luchó por una reorientación
política de los partidos comunistas y de la Internacional
Comunista. Sin embargo tal orientación ya no era posible
una vez que la Internacional Comunista se negara a extraer ninguna
lección de la catástrofe y prohibiera que sus miembros
discutieran las desastrosas políticas del KPD.
"Una organización que no reaccione al estruendo del
fascismo", declaró Trotsky, "demuestra que está
muerta y de que nada se puede hacer para revivirla. Decir esto
abierta y públicamente es nuestro deber para con el proletariado
y por su futuro". La misión ya no consistía
en reformar al Komintern, sino en construir nuevos partidos comunistas
y una nueva Internacional.
Trotsky se encontró con la dura resistencia de grupos centristas,
que compartían algunas de las mismas críticas al
estalinismo pero declaraba que el establecimiento de una nueva
internacional era prematuro. Dar tal paso, planteaban, era sólo
posible en base a un nuevo y fresco resurgimiento del movimiento
revolucionario.
Trotsky rechazó decisivamente tales argumentos. "Los
marxistas no son fatalistas" escribió. "No descargan
sobre el proceso histórico aquellas mismas tareas que el
proceso histórico ha colocado ante ellos... Sin un partido
revolucionario fusionado y acerado la revolución socialista
es inconcebible".
En estos momentos esas palabras una vez más adquieren un
significado inmediato y urgente. La crisis internacional del capitalismo,
que ha empeorado de manera dramática desde el colapso financiero
del 2008, plantea explosivas luchas de clase que ya aparecen en
el horizonte. En Egipto, Grecia, Portugal y España los
trabajadores se rebelan diariamente contra las brutales medidas
de austeridad y los ataques políticos llevados a cabo por
sus gobiernos; éstos, a su vez, recurren a métodos
autoritarios y al apoyo de organizaciones fascistas como Amanecer
Dorado en Grecia, el Frente Nacional en Francia y Jobbik en Hungría.
Un grupo de organizaciones de seudoizquierda junto con los sindicatos
están haciendo todo en su poder para conducir las luchas
de los trabajadores a un callejón sin salida y así
defender la dominación burguesa. La misión más
urgente hoy día es construir una nueva dirección
revolucionaria, que una a los trabajadores internacionalmente
y que los movilice en una lucha por el poder obrero y la construcción
de una sociedad socialista, el Comité Internacional de
la Cuarta Internacional representa a ese liderazgo.
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