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La clase trabajadora egipcia avanza decisivamente hacia la
vanguardia de la revolución egipcia
Por David North
14 Febrero 2011
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Durante los últimos días un flujo constante de
informes ha confirmado el papel cada vez más decisivo de
la clase trabajadora egipcia en la lucha contra el régimen
de Mubarak. Mientras que las asambleas de masas y los enfrentamientos
en la Plaza Tahrir en El Cairo ha sido el punto focal de la cobertura
de los medios de comunicación, la creciente ola de militancia
de la clase trabajadoraen forma de manifestaciones de protesta
y huelgastendrá un impacto mayor en el curso de los
acontecimientos.
En la comunidad industrial de Kafr al-Dawwar, un centro histórico
de militancia prolataria, cientos de obreros textiles y de la
seda participaron en protestas contra los salarios insuficientes
y las malas condiciones laborales. En Helwan, una ciudad al sur
del de El Cairo en las orillas del Nilo, 4.000 trabajadores de
la compañía Coke Coal and Basic Chemical anunció
una huelga. Exigiendo mayores salarios, contratos permanentes
para los trabajadores temporales y un fin a la corrupción,
los trabajadores también declararon su solidaridad con
los manifestantes en la capital. En otra acción de protesta
importante en Helwan, 2.000 obreros de la seda participaron en
una manifestación exigiendo la renuncia del directorio
de la empresa.
En la ciudad de Mahalla, situada en el delta del Nilo, 1.500
trabajadores protestaron por la demora en el pago de los salarios
y bonificaciones. En otra lucha en esa ciudad, cientos de trabajadores
de una empresa productora de hilo realizaron una huelga de brazos
caídos para exigir solución de las promociones incumplidas.
En Quesna, que también se encuentra en el Delta, 2.000
trabajadores farmacéuticos se declararon en huelga.
Más de 6.000 trabajadores de la Autoridad del Canal
de Suez en Port Said, Ismailia y Suez realizaron una huelga de
brazos caídos para exigir ajustes en sus salarios. También
en Suez, 400 trabajadores de la Compañía Siderúrgica
Nacional Misr inició la acción colectiva.
Este movimiento de la clase trabajadora egipcia comenzó
mucho antes de las protestas masivas que estallaron en El Cairo
durante la última semana de enero. Como se documenta en
un estudio realizado por el profesor Joel Benin, un especialista
en la historia del movimiento obrero egipcio, la oleada de huelgas
"está en erupción desde el movimiento social
más grande que Egipto ha visto en más de medio siglo.
Más de 1,7 millones de trabajadores participan en más
de 1.900 huelgas y otras formas de protesta de 2004 a 2008. "
Irónicamente, el crecimiento de la militancia laboral
ha sido, para el esclerótico régimen egipcio, una
consecuencia no deseada del crecimiento económico durante
la última década. Este crecimiento ha sido impulsado
por la entrada masiva de capitales internacionales en Egipto durante
la primera década del siglo XXI. La inversión extranjera
directa (IED) aumentó de US $ 400 millones en 2000 a $
13.2 mil millones en 2007-08. Egipto es ahora el mayor receptor
de IED en el continente africano. Entre 2004 y 2007, la tasa anual
de crecimiento del PIB aumentó de un 4 por ciento a 7,2
por ciento. Pero los beneficios del crecimiento económico
han sido confinados a una pequeña sección de la
sociedad. A pesar de las huelgas que en ocasiones han arrancado
concesiones, la abrumadora mayoría de la población
activa está sumida en la pobreza. Por otra parte, el régimen
ha respondido al desafío creciente de la clase trabajadora
con la escalada de la brutalidad y la represión.
Ahora, en el contexto de un movimiento de masas en todo el
país contra el régimen de Mubarak, la cuestión
central es el papel de la clase obrera para decidir no sólo
el destino de Mubarak, pero la naturaleza del régimen que
surgirá de las convulsiones revolucionarias en curso.
El mayor peligro que enfrentan los trabajadores de Egipto es
que, después de proporcionar la fuerza social indispensable
para arrancar el poder de las manos de un anciano dictador, nada
de sustancia política va a cambiar, excepto los nombres
y las caras de algunos de los dirigentes. En otras palabras, el
Estado capitalista se mantendrá intacto. El poder político
y el control sobre la vida económica se mantendrán
en manos de los capitalistas de Egipto, respaldado por los militares,
y sus amos imperialistas en Europa y Estados Unidos. Las promesas
de democracia y reforma social serán repudiadas en la primera
oportunidad, y se instituirá un nuevo régimen de
represión salvaje.
Estos peligros no son una exageración. Toda la historia
de la lucha revolucionaria en el siglo XX demuestra que la lucha
por la democracia y por la liberación de los países
oprimidos por el imperialismo se puede lograr, como León
Trotsky insistió en su teoría de la revolución
permanente, sólo con la conquista del poder por la clase
trabajadora sobre la base de un programa socialista e internacionalista.
La historia de Egipto proporciona amplias pruebas de este principio
estratégico.
La clase trabajadora egipcia tiene una larga historia de lucha.
Los trabajadores participaron en las principales luchas en el
primer movimiento nacional contra el colonialismo británico.
Sin embargo, estableciendo un patrón que se repetiría
una y otra vez, la corrupta burguesía egipciadespués
de aprovecharse de la presión ejercida por la clase trabajadora
para extraer concesiones limitadas de los británicosno
cumplió sus promesas hechas a los trabajadores. A partir
de la falsa independencia proclamada por los británicos
en 1922donde Londres siguió gobernando a través
del corrompido mecanismo de una monarquía constitucionalla
clase trabajadora continúo siendo objeto de una implacable
represión estatal.
En las décadas que siguieron, la burguesía egipcia
enfáticamente se opuso a los esfuerzos de los trabajadores
a constituir sindicatos. Los sindicatos se legalizaron sólo
bajo la presión de la Segunda Guerra Mundial, cuando el
régimen egipcio títere del Reino Unido se vio obligado
a hacer concesiones para obtener un apoyo más amplio. Pero
una vez que pasó el peligro de la guerra, el régimen
se movió para a revertir esta ganancia limitada. A raíz
de la guerra, en respuesta a un renovado auge de la clase obrera,
la burguesía hizo concesiones que, invariablemente, fueron
seguidos por la represión.
El golpe de estado de los Oficiales Libres el 23 de julio 1952
puso fin a la monarquía. Los meses previos al golpe habían
sido testigo de una creciente ola de luchas obreras que debilitó
a la monarquía. Sin embargo, el carácter de clase
del nuevo régimendonde el coronel Gamal Abdul Nasser
pronto surgió como el líderse revelaría
en unas semanas. Los trabajadores acogieron con beneplácito
el golpe de estado. Sus ilusiones en la retórica revolucionaria
de los dirigentes del ejército fueron alentados por el
estalinista Movimiento Democrático para la Liberación
Nacional (MDLN), que tenía lazos muy estrechos con los
Oficiales Libres (e incluso habían sido informados con
antelación de los planes para el golpe de estado). De acuerdo
con la teoría estalinista de la revolución en "dos
etapas" (primero la democracia, y más tarde, en algún
momento no especificado del futuro, el socialismo), el MDLN atribuye
un papel progresista de Naguib y Nasser. Esto tuvo, casi inmediatamente,
consecuencias trágicas. En la compañía de
hilado y tejido fino Misr en la comunidad industrial de Kafr al-Dawwar,
miles de trabajadores se declararon en huelga en agosto de 1952
para protestar por reclamos que no resolvían en mucho tiempo.
Como uno de los líderes del movimiento recordaría
más tarde:
Era muy natural que los trabajadores inicien un movimiento
en Kafr al-Dawwar porque escucharon los comunicados de la revolución
anunciando que se había abolido el reino, que el régimen
estaba en contra de la injusticia, que se restaurarían
los derechos del pueblo. Era natural que los trabajadores que
habían sido oprimidos durante mucho tiempo plantearan sus
demandas... [Citado en "comunistas egipcios y los
Oficiales Libres: 1950-1954", de Selma Botman, Estudios de
Oriente Medio, vol. 22, No. 3 (julio de 1986), p. 355]
El movimiento fue salvajemente reprimido por el ejército.
El nuevo Consejo del Comando Revolucionario rápidamente
convocó a una corte marcial de los líderes de la
huelga. Dos de ellos, Mohamed Khamis y Ahmad al-Bakri, fueron
condenados a muerte el 18 de agosto de 1952 y colgados tres semanas
más tarde en los terrenos de la fábrica. Cabe señalar
que el miembro del Consejo del Comando Revolucionario que presidió
la corte marcial, Abd al-Amin Mun'im, tenía vínculos
con la Embajada Norteamericana en El Cairo.
Posteriormente, el régimen de Nasser llevó a
cabo una serie de reformas que ofrecieron mejoras marginales en
las condiciones del campesinado egipcio y la clase trabajadora.
La nacionalización del Canal de Suez obtuvo un amplio apoyo
para el régimen por parte de las masas egipcias. Más
tarde, la nacionalización de las empresas de propiedad
extranjera y un segmento importante de empresas egipcias llevó
a un aumento del nivel de vida. Sin embargo, la norma incuestionable
del régimen nasserista era que no se permitiría
ninguna iniciativa independiente, social o política de
la clase trabajadora..En las palabras de Nasser, "Los trabajadores
no demandan, nosotros les damos." Los trabajadores que se
atrevieron a exigir y desafiar esta norma fueron encarcelados,
torturados e incluso ejecutados.
Aunque Nasser llamó "socialismo árabe"
a su combinación de paternalismo nacionalista y represión,
la burguesía egipcia se mantuvo firmemente en el poder.
Tras la muerte repentina de Nasser en 1970, sólo tres años
después de la catastrófica derrota de Egipto en
la Guerra de los Seis Días con Israel, Anwar Sadat se convirtió
en presidente. El nuevo régimen se dedicó a repudiar
tanto las políticas pseudo-socialista y también
los elementos de la política exterior de Nasser que habían
enfurecido a los Estados Unidos. En el frente económico,
Sadat se dedicó a adaptar sus políticas a las exigencias
del Fondo Monetario Internacional.
Fue en el campo de la política exterio, sin embargo,
que Sadat tomó las medidas más dramática.
Él visitó Jerusalén en noviembre de 1977
y firmó el tratado de paz de Camp David con Israel en 1978,
una acción que garantizaba la destrucción de la
Organización de Liberación de Palestina y equivalía
a una traición total de las aspiraciones nacionales del
pueblo palestino. Sadat sufrió la represalia por sus acciones
a manos de asesinos en octubre de 1981. Su sucesor, Hosni Mubarak,
continuó las políticas de Sadat, aunque de una forma
más despiadada.
En el frente económico, el neoliberalismo se afianzó.
Grandes segmentos de la economía que había sido
nacionalizado por Nasser fueron devueltos a la propiedad privada.
En el campo se revirtió gran parte de la redistribución
de la tierra que había sido llevada a cabo por Nasser.
En su política exterior, Sadat y Mubarak pusieron sin
reservas a Egipto a disposición del imperialismo de EE.UU..
En ningún sentido la política del régimen
de Sadat y Mubarak ha sido sustancialmente diferente de las que
han sido implementadas por los gobiernos en las ex colonias con
un desarrollo capitalista tardío durante los últimos
30 años.
Hoy en día, en medio de una crisis mundial del sistema
capitalista, profundamente impactando todos los países
capitalistas, se está llevando a cabo una ofensiva contra
la clase obrera en todo el mundo. La dirección de la política
capitalista no es hacia la reforma, sino hacia la reacción.
Ningún gobierno burgués en Egipto contradecirá
esta tendencia mundial.
La lucha que se está desarrollando ahora en Egipto será
de carácter prolongado. La responsabilidad de los marxistas
revolucionarios es desarrollar entre los trabajadores, a medida
que pasan a través de colosales experiencias políticas,
la comprensión de la necesidad de una lucha independiente
por el poder. Los marxistas revolucionarios deben aconsejar a
los trabajadores contra todas las ilusiones de que sus aspiraciones
democráticas se pueden alcanzar bajo la égida de
los partidos burgueses. Deben denunciar intransigentemente las
falsas promesas de los representantes políticos de la clase
capitalista. Se debe fomentar la creación de órganos
independientes del poder de los trabajadores que pueden llegar
a ser, conforme la lucha política se intensifica, la base
para la transferencia del poder a la clase trabajadora. Se debe
explicar que la realización de las reivindicaciones democráticas
esenciales de los trabajadores es inseparable de la aplicación
de las políticas socialistas.
Por encima de todo, los marxistas revolucionarios deben asistir
en llevar los objetivos políticos de los trabajadores egipcios
más allá de las fronteras de su propio país.
Se debe explicar que las luchas que se desarrollan ahora en Egipto
están inextricablemente vinculadas a un proceso global
emergente de la revolución socialista mundial, y que la
victoria de la revolución en Egipto no requiere una estrategia
nacional, pero una internacional. Después de todo, la lucha
contra el régimen de Mubarak, Suleiman y la clase dominante
egipcia es, en última instancia, una lucha contra toda
la burguesía árabe, el régimen sionista de
Israel y el imperialismo estadounidense y europeo. En esta lucha
mundial, el aliado más grande e indispensable de las masas
egipcias es la clase obrera internacional.
Lo que se ha descrito anteriormente es la perspectiva y la
estrategia del Comité Internacional de la Cuarta Internacional.
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