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Buenos Aires Sexto Festival Internacional de Cine IndependienteTercera
Parte
Mirando debajo de la superficie
Por David Walsh
11 Junio 2004
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el autor
Esta es la y última parte de una series sobre el
Festival de Cine Independiente Internacional de Buenos Aires,
celebrado del 14 al 25 de abril.
El cine tiene que enfrentar las realidades de la vida moderna
de su propia manera. Es decir: lo debe hacer sin inventar o embellecer
nada y sin aceptar órdenes de nadie . Sólo a través
de ese enfrentamiento nacen dramas perdurables.
Sangre y Oro, del director iraní Jafar Panahi,
es una de las mejores películas de los últimos años.
La vi por segunda vez en el festival de Buenos Aires y de nuevo
sus increíbles cualidades me dejaron impresionado. El guión
trata el destino de un pobre hombre en Teherán, quien maneja
un carro para entregar pizzas. El sadismo, la injusticia, y la
hipocresía oficial lo llevan al precipicio de la locura.
Este proyecto tuvo sus orígenes cuando Panahi y su compañero,
el director iraní Abbas Kiarostami, se enteraron de la
siguiente noticia: un ladrón, atrapado por un sistema de
seguridad en una joyería, mata al encargado de la tienda
y luego se suicida. Panahi explica que "la historia me obsesionó.
Me pregunté que puede haber empujado a un ser humano a
tomar medidas tan radicales. Abbas terminó por escribir
el guión acerca del incidente con la intención de
trazar los eventos que conducen al clímax y descubrir como
y por qué una cosa tan horrible pudo ocurrir".
Pocos son los creadores del cine actual que se dejan inquietar
por semejantes problemas. Kiarostami y Panahi han creado una obra
muy convincente que nos permite entender como las presiones externas
e internas pueden enloquecer a un individuo. Esta es una obra
artística, no un panfleto propagandista. Como la vida misma,
es un poco desnivelada y los eventos que muestra son difíciles
de anticipar. Tampoco desarrolla sus ideas de acuerdo a preceptos
ya formados. Es una exploración de lo que el director todavía
no entiende por completo pero que sí le urge comprender.
La película comienza y termina con una violenta escena
en la joyería. En septiembre del año pasado escribí
lo siguiente:
"¿Por qué haces esto? le pregunta
el gerente a Hussein.
Está loco, dice la gente afuera en la calle.
Pero Hussein, el ladrón asesino, es víctima de
un orden social cruel e hipócrita que castiga a la juventud
por transgresiones aún no comprobadas mientras la clase
gobernante se enriquece a costillas de la población. Las
acciones de este ser humano desposeído, quien pertenece
a las capas más bajas de la sociedad y que ni siquiera
posee todas sus facultades, no son tan inexplicables. Kiarostami
y Panahi han convertido a un paría en un ser completamente
humano".
Como Sangre y Oro deja bien claro, las realidades de
la vida moderna abarcan mucho más que las necesidades inmediatas
y limitadas de las capas sociales privilegiadas que dominan el
cine contemporáneo. La menor sugerencia que en esta vida
no todos los problemas tienen igual importancia, que existen problemas
y vidas humanas que son más importantes que otros se opone
a las normas culturales actuales. Pero éste es un hecho
de la vida que no puede ignorar con facilidad.
Los directores serios tienen que partir de y elaborar la historia
del arte particular en que trabajan. También tienen la
responsabilidad de bregar de alguna manera u otra, con los problemas
decisivos de esta época. Cuando ellos basan sus esfuerzos
en la asimilación de las amplias preocupaciones humanas,
la creación de situaciones dramáticas que le dan
vida a esas inquietudes ya no aparece como impuesta desde afuera,
más bien resulta de un urgente imperativo estético
y moral.
Como Panahi explica en una entrevista con el WSWS: "Es
verdad que cuando se vive en una sociedad como la nuestra, cosas
semejantes (el homicidio y asesinato en la joyería) ocurren
todo el tiempo, pero hay ciertos momentos, ciertos días,
cuando uno oye de esas cosas y reacciona con profundas emociones.
El dolor es tan fuerte que uno se pone a pensar seriamente sobre
él. Es como cuando usa el mismo camino todos los días
para ir al trabajo y de repente un día se da cuenta de
algo que siempre ha estado allí pero que nunca lo había
notado. Le dirige su atención a algo que causa dolor y
tiene que hacer algo acerca de ello.
"Como director de cine, pues, lo que sucedió me
afectó muchísimo cuando lo supe. Me sentí
obligado a actuar. Íbamos a una exhibición de fotografías
[del director Abbas Kiarostami]. Cuando me contó lo que
había pasado, no pude quedarme viendo la exhibición
y sentí que tenía que tomar acción. Ni siquiera
recuerdo que emociones sentía aquel día".
Los directores escogen películas y guiones, pero no
circunstancias. Artistas tan serios como Panahi no inventan cosas;
descubren los hilos que forman sus tramas acerca de la
vida. (Podríamos también decir que ciertos tramas
los escogen a ellos.) Intrusos episodios de la vida se
imponen al artista con la fuerza de la necesidad y ayudan a engendrar
obras donde se engendra la misma fuerza de la necesidad. Por supuesto,
la distancia formal y emotiva entre los hechos de la vida social
y la obra de arte puede ser bastante grande, puesto que el arte
influye en la vida de acuerdo a sus propias leyes y necesidades.
En contradicción a la perspectiva que hoy domina, el
director tiene que rebasar sus propias experiencias, fijarse en
sus alrededores, examinar y analizar la vida social en
su totalidad, y hacer decisiones acerca de realidades que parezcan
extrañas (por lo menos al principio.) En la época
moderna se ignora el derecho de todo artista de clase media, capa
de donde proviene la inmensa mayoría de los artistas e
intelectuales, que sólo requiere contemplar las circunstancias
en que vive para producir obras de gran importancia.
Ana Poliak, la directora argentina de Parapalos es otra
artista seria. Explica en la entrevista que acompaña a
este artículo que hasta cierto punto filmó esta
cinta acerca de los parapalos del bowling debido la experiencia
con ellos cuando había sido niña. Fue cuando por
primera vez se dio cuenta de las diferencias sociales. La directora
explica: "Tuve por primera vez la sensación de que
no todos éramos iguales...Podía ver la parte de
atrás del bowling, donde estaban estos chicos que tenían
la misma edad que yo y que trabajan con el torso desnudo, haciendo
un esfuerzo muy duro. No llegaba a discernir muy bien la situación...Durante
el partido yo prestaba atención a las manos y los pies
de estos chicos, y sentía que del otro lado había
otro mundo paralelo al mío, un mundo que yo no alcanza
a comprender. Para la película partí de esta vieja
idea".
Poliak dice que también quería investigar hasta
que punto una persona puede resistir "gracias a su propia
luz...De alguna manera esto se relaciona con la diferencia de
clases sociales que descubrí cuando era chiquita, y supongo
que por eso me interesan este tipo de personajes. No encuentro
respuestas para ese interrogante. Creo que mi clase no tiene esa
capacidad, esa luz".Es posible no estar de acuerdo con esta
fórmula tan precisa, pero su significado esencial es obvio:
es necesario examinar las condiciones en que viven otras clases
sociales y quizás hasta considerar su superioridad moral.
Aunque que la perspectiva de Poliak no sincronice con los criterios
de esta época, sí empalma con las mejores tradiciones
del artista moderno. Desde finales del Siglo XIX hasta a mediados
del XX, muchos artistas serios, lejos de encontrarse satisfechos
con su crianza y su ambiente, se sintieron obligados a girar su
mira a la situación de los sectores más oprimidos
de la sociedad. Descubrieron en esas circunstancias tragedias
más significantes que las suyas y, a menudo, mejores posibilidades
para la creación de su arte. Este sentimiento tan democrático
y humano ha desaparecido casi del todo y tiene que ser rescatado.
Varios factores han conspirado para crear ese egotismo, la
satisfacción y la mezquindad en la mayoría de las
almas artísticas. Entre esos factores uno de los más
importantes fue la degeneración stalinista y, como consecuencia
, la desaparición de la Unión Soviética,
acontecimiento que pocos comprenden, y el desprestigio general
de la idea que los artistas de cine y de las otras artes deberían
preocuparse por mejorar al mundo.
Existen artistas más avanzados. Logran, aún hoy,
tener gran intuición y ser muy analíticos; están
conscientes de ellos mismos y del mundo que los rodea. Amalgaman
la economía y la psicología, el dinero y las emociones.
Tienen cierto sentido del carácter disfuncional del capitalismo
moderno, de las intensas presiones que le impone al cuerpo y al
espíritu humano, y sobretodo saben las consecuencias a
largo plazo de los extraordinarios niveles de desigualdad social.
Panahi nos habló el año pasado acerca de la desigualdad
y de sus efectos emocionales: "La desigualdad existe en todos
los países del mundo. Pero sólo puede llegar hasta
cierto punto...La clase media ya no existe debido a decisiones
políticas erróneas o a problemas económicos.
Y ahora el abismo entre los ricos y los pobres crece; es la situación
actual lo que causa la violencia y las provocaciones. Y los varios
pueblos que luchan con este problema reaccionan de diferentes
maneras. Hussein [el personaje en Sangre y Oro] no era
ladrón; de otro modo le habría robado a los ricos.
Quería defender su humanidad en contra de la humillación.
No queremos juzgar si sus acciones son correctas o no, pero dejamos
claro que esa es la situación tal como es".
Parapalos
Parapalos, de Ana Poliak, es una película de
gran sensibilidad, realizada con gran destreza. Ringo, recién
llegado del campo, comienza a trabajar como parapalos en un centro
de bowling. Comparte un pequeño apartamento con su prima
Nancy, quien colecciona recuerdos de Marilyn Monroe. Puesto que
trabajan durante turnos diferentes, comparten la misma pequeña
cama. Ser parapalos es labor física muy exigente. Durante
el examen médico con que la película empieza, el
médico le advierte que el trabajo puede "tragar la
vida". Si se fractura una pierna al tratar de esquivar los
palos, no tendrá ningún remedio, pues no tiene seguro
médico. "El sindicato no es para los pobres, es para
los patrones".
En el centro de bowling, Ringo establece relaciones con los
otros parapalos, sobretodo con Nippur (nombre prestado de una
historieta), ex hippie anarquista que ha estado trabajando en
la pista por años. Nippur expresa su propia filosofía
acerca de la vida y del trabajo. Cuelga retratos de Andy Warhol
y Janis Joplin en la pared y cita a Shakespeare. Le dice a Ringo
"todo lo que tengo en la vida es prestado menos mi libertad."
"Hago lo que quiero", dice en otra ocasión. Pero
claro, como con todos los demás, no lo hace. Piensa en
convertirse en ladrón, pero ¿a quién le va
a robar? "¡Nadie tiene dinero!" Declara con grandes
gestos que "algún día todo esto va a cambiar",
pero es un sentimiento sin definición.
Otro de los trabajadores solía trabajar en una mina,
trabajo peor que el de parapalos. Un cocinero del centro de bowling
le cuenta a Ringo acerca de su abuelo, quien logró escapar
el ejército alemán de Hitler. Ringo conversa con
su prima; la lleva jugar bowling. Ella no logra anotar. Él
tiene talento de artista.
Ringo es un muchacho de pocas palabras y le gusta observar.
Tiene la capacidad para aguantar el castigo físico que
su trabajo le inflige. Tiene la "luz" a la cual Poliak
se refiere. Pero hasta él también pasa por días
"largos y horribles" luego de los cuales siente dolores
de cabeza que no lo dejan dormir. "Toda ese ruido" y
oscuridad. El sol, que rara vez se ve desde las entrañas
del bowling, "tiene vitaminas."
Todas las conversaciones parecen naturales. Las imágenes
son precisas y honestas. Poliak es una verdadera artista: tiene
gran compasión. Es inteligente y buena observadora. Su
primera película, La fe del volcán, fue una reacción
intensa y persona a crisis nacionales y personales. Pero esta
película es más accesible, más directa. Usando
su terminología, es como si estuviera buscando la "luz"
y la fortaleza que no encuentra en su propio ambiente social.
Poliak ha escrito que "Creo que el hecho de conocer a
gente nueva y tratar de comprenderlas me pone en movimiento. Los
pobres tienen su moral y honestidad. Yo no tengo certidumbres.
Lo que me interesa es el cambio". [Traducido del inglés]
¿Idealiza ella a este joven campesino, quien es más
menos inocente, como Pasolini lo habría hecho? Tal vez,
pero nos deja la sensación que la representación
es honesta y sincera (como también eran las de Pasolini).
Son gente de carne y hueso en la pantalla, pero la realidad,
como el arte, es compleja. Poliak no se basa en guiones; crea
sus películas junto con los actores. No se puede dudar
que su método es serio y que sus sentimientos son profundos.
Pero, ¿surge el drama automáticamente de este proceso?
Es probable que la directora conteste que en Parapalos
sucede todo tipo de drama. De eso no hay duda. Pero existe cierta
pasividad en el personaje, en las relaciones y en la película
en general, que sirve de barrera a que ocurra una dramática
universal.
Al decir esto no estamos exigiendo rimbombancias ni grandiosidades,
ni tampoco una extensa tesis sociopolítica, sino un poco
más de intensidad dramática, como la de La fe
en el volcán, para representar la vida de los personajes
de la clase obrera. La gente que lleva "la luz" también
tiene que ser sometidos a la crítica, sin dejar de valorar
la totalidad de sus vidas y psicología contradictorias,
que a veces son explosivas. La gente reacciona a situaciones difíciles.
A veces las acepta, otras veces las resiste u opta por ambas acciones.
A veces resiste de manera anti social; a veces ve las cosas con
mayor claridad. De este proceso objetivo y complejo nace la posibilidad
de cambiar al mundo.
Poliak es una artista en que hay que creer y tratar con seriedad.
Otras películas de América del
Sur
En una de sus declaraciones, Ana Poliak puntualiza que "resisto
un poco la idea de un cine argentino nuevo. Hay mucha confusión
e injusticia". De acuerdo, hay que tratar las "nuevas
olas" del arte con mucho escepticismo. La prensa y las varias
industrias de crítica de cine con gran frecuencia son las
que crean la "Nueva Ola Escocesa" y el "Nuevo Cine
Italiano". Los resultados no siempre reflejan las pretensiones.
Los guantes mágicos, del argentino Martín
Rejtman, es una cinta agradable pero muy satisfecha consigo misma.
La gente y los objetos se cruzan en un ambiente enajenado y aburrido.
Alejandro es chofer de taxis. Su novia lo abandona bruscamente
sin ninguna reacción; simplemente hace una señal
con la cabeza cuando él sugiere la posibilidad que lo va
a dejar. Un pasajero en el taxi, que compone música horrible,
le ofrece un lugar donde hospedarse si les sirve de chofer a él
y a su esposa. Alejandro sostiene que es amigo de un actor que
trabaja en películas pornográficas en Canadá.
Pero cuando éste último se aparece, no lo recuerda.
, Alejandro recibe una receta médica para lentes nuevos
antes de tener un examen de la vista. Vende su auto para
entrar a la industria de los "guantes mágicos",
que a principios prospera como consecuencia de una ola de frío
inesperada que azota a Buenos Aires.
La película es de humor seco y sardónico pero
eventualmente cansa. El director critica a la gente que cree en
milagros, que pasivamente espera que algo o alguien resuelva sus
problemas, pero no muestra la menor compasión por sus personajes.
Un comentarista ha dicho lo siguiente acerca de las creaciones
ficticias de Rejtman: "Estas criaturas no sufren, no lloran,
no ríen ni sienten dolor...son puramente ideas, superficies
sensuales cuya función consiste en repetir como autómatas
lo que el guión les dicta". Frases que no representan
una recomendación.
Una de dos, del director argentino Alejo Hernán
Taube, toma lugar durante las rebeliones de fines del 2001. Martín
trabaja como mensajero para una organización criminal de
Buenos Aires, y transporta dinero falsificado. Se la pasa viajando
entre ese mundo y su pueblo natal, donde viven su familia y amigos.
Las luchas en las calles y la crisis política, mostradas
constantemente por televisión, drama. Martín tiene
una o dos novias. Su padre es militante en una fábrica
de textiles que se va en huelga. Uno de sus amigos quiere ingresar
al mundo del hampa. Martín se ve obligado a convertirse
en informante y se encuentra en medio del fuego cruzado entre
la policía y los polizontes. Eventualmente logra fugarse
por la carretera.
Esta cinta de Taube es sincera e inteligente, pero no abre
nuevos caminos. Nos da la sensación que el uso tan abundante
de noticieros es algo oportunista. Los personajes y situaciones
que se desenlazan en el pueblo son muy familiares, lugares comunes,
aunque se supone que las imágenes por televisión
de los motines causados por la escasez de alimentos son muy contemporáneas
y de gran impacto social. Tal vez la simpatía que Taube
muestra por la capa social que la película presenta es
honesta y sincera. Esperemos hasta que haya filmado tres o cuatro
películas más para juzgarlo. Es la obra total lo
que cuenta.
B-Happy, de Chile, también pretende tener un
gran impacto, pero termina por ser una película forzada.
La protagonista es una muchacha muy oprimida que vive en una zona
rural de Chile. Varias tragedias la ahogan. Su padre sale de la
cárcel. No se puede depender de él; es engañoso
y quizás peor. Pronto se fuga. La madre muere horriblemente
de asma, y deja a la muchacha sola con su hermano. El hermano
la abandona y la deja sola en su casa por razones poco creíbles.
Ella termina trabajando de prostituta.
Ocurre una miseria tras otra, no todas creíbles. Por
un lado se nos hace creer que la muchacha se puede valer por sí
misma. Por el otro lado, se mete de prostituta sin protesta. Las
escenas son breves, episódicas, friolentas y formales.
Sirven para encubrir el hecho que la trama de la cinta en realidad
no tiene ninguna coherencia.
B-Happy parece haber sido filmada para adherirse a cierta
idea de lo que una película artística contemporánea
acerca de la vida de la clase obrera debería ser, no para
luchar por entender esa misma vida. Este es un bocado de festival
de cine.
Levelland
Levelland, de Clark Lee Walker, trata las vidas de un
grupo de jóvenes adolescentes que montan monopatines y
residen los suburbios de Estados Unidos. Las casas tipo hacienda,
los centros comerciales pequeños, las escuelas y hasta
los paisajes parecen todos uniformes y aburridos. Los jóvenes
construyen sus propios montículos y pistas de patinaje
en patios y en piscinas abandonadas, con materiales que han prestado
o robado. Luchan con las condiciones desfavorables y poco acogedoras
con que poder construir una vida.
El personaje principal tiene una aventura amorosa con su maestra
de escuela secundaria.* Su hermano, que no es capaz de salirse
de la cama, termina en un manicomio. En un pueblo dominado por
una única industria, la madre se preocupa acerca de la
posibilidad de perder su empleo, pero no vocaliza sus sentimientos.
Otro joven se deja dominar por su padre, entrenador temible de
un equipo de fútbol norteamericano. Uno de los patinadores,
"Steve," en realidad se llama "Esteban" y
vive con su familia en la parte pobre del pueblo.
La película está muy lejos de ser perfecta. Gran
parte del diálogo carece de naturalidad y parece forzado;
no todas las acciones (incluyendo la aventura amorosa entre el
estudiante y la maestra) convencen. Pero en sus mejores momentos,
Levelland nos abre una ventana hacia la vida contemporánea
de Estados Unidos, en particular la vida en los suburbios, cuyas
dimensiones superfluas tienden a ocultar al observador superficial
las extraordinarias tensiones sociales y personales, junto con
la resistencia que también existe.
A veces la película se parece demasiado a esas películas
ordinarias acerca de jóvenes que aprenden lecciones las
duras lecciones de la vida a medida que llegan a su mayoría
de edad. Pero en ciertos momentos inesperados, Walker presenta
cierto detalle, como el oficinista ansioso, o el joven mexicano
que vive dos vidas y tiene dos identidades, que le dan a la película
una mayor profundidad. Las caras, los gestos, los objetos y los
edificios nos comunican algo acerca de la vida actual. No todo
se presenta con delicadeza, pero la película tiene una
honestidad muy prometedora y al final (la cinta mejora mientras
se desarrolla) adquiere una dimensión trágica en
la manera en que la juventud inevitablemente termina y la fase
adulta comienza, y en que tantas vidas se desperdician en Estados
Unidos. La imagen final es inolvidable.
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