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Festival Internacional de Cine en Toronto, 2002: Los problemas
persisten aún cuando se logra el éxito
Tercera Parte
Por David Walsh
25 Octubre 2002
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el autor
Esta es la tercera parte de una serie de artículos
sobre el Festival de Cine Internacional de Toronto, que se celebrara
del 5 al 14 de septiembre
Las películas de mayor éxito que se presentaron
en el reciente festival de cine en Toronto tuvieron sus imperfecciones,
sí, pero fueron las que trataron de mostrar las condiciones
sociales y psicológicas de momento de manera verídica,
estética y agradable. Todo o nada, de Mike Leigh
(Gran Bretaña), Los diablos, del francés
Christophe Luggia, Esperando la felicidad, de Abderrahmane
Sissako (Mauritania) y Oasis, de Lee Chang-dong (Corea
del Sur) todas comparten lo siguiente: examinan las circunstancias
de los oprimidos o excluidos con bastante compasión y comprensión
y sin pintar cuadros lindos de nadie.
La cinta de Enfocar mayormente una familia de cuatro que vive
en una urbanización de Londres. El padre, chofer de un
servicio de automóviles, se ha resignado y se siente azotado.
Ante todo golpe que él o la familia recibe, su reacción
es, Es el destino... kismet. Su esposa es cajera
de un supermercado quien más y más insatisfecha
se vuelve con su vida. La hija, obesa y tímida, trabaja
limpiando una casa de ancianos. El único pretendiente que
tiene es un hombre de edad media quien es tan solitario y reprimido
como ella. El hijo, también obeso, no hace otra cosa más
que sentarse en el sofá, comer, mirar televisión
y maldecir a todos los que lo rodean. El infarto que sufre desata
una cadena de sucesos que resulta en la alteración en las
relaciones internas de la familia.
Como siempre con Leigh, partes de la película y los
personajes casi llegan al borde de la caricatura. Durante la primera
parte, son tan inflexiblemente ásperos unos hacia otros
y sus vidas son tan dolorosas, que el espectador llega a creer
que nadie podría aguantar semejante vida. Cuando luego
muestran compasión o una bondad esquiva durante momentos
de crisis, el espectador no sólo será conmovido
enormemente, sino que también se sentirá aliviado,
tanto así que se puede concluir que el director ha asegurado
de antemano que el final emocional sea tan favorable.
Como tratar de hacerlo con tanto fracaso en Secretos y verdades,
Parece que Leigh, con esta cinta, tratando de crear cierto optimismo,
para sí y para su público, dentro de las sobrias
circunstancias tan extremas que pinta. Aunque la solución
de la trama ha sido mejor pensada y se basa en motivaciones más
lógicas, la cinta todavía da la impresión
de ser un poco forzada. Claro, una de las dificultades del director
- y como ya veremos después, no es el único que
las tiene - es que, según él concibe, la única
alternativa a la actualidad son los actos de reconciliación
personal. No sugiere la más mínima idea que las
condiciones que oprimen a los humanos se podrían combatir
de manera colectiva. Por supuesto, el director no tiene que llenar
ningún requisito para inventar una resistencia que todavía
no existe, pero tan sólo un pequeño enfoque sobre
la amplia falta de resistencia consciente (y las razones
históricas de su causa) podría establecer este tema
tan crítico.
De todo modo, la gran cualidad de las mejores obras de Leigh
son la susceptibilidad y seriedad total con que enfoca las vidas
externas e internas de sus personajes. Las humillaciones y los
sufrimientos y hasta los placeres de éstos
no lo asustan. Y tampoco funciona Leigh como voyeristas al estilo
de cierta escuela de realizadores del cine contemporáneo
que han hecho una carrera del desprecio a los oprimidos para beneficio
de las sonrisitas del público pequeño burgués.
También vale la pena notar que hasta ahora la fama de
Leigh se debe a su presentación de la Inglaterra
de Thatcher, y lo que siguió bajo Major, en cintas
como Altas esperanzas (1988) y Desnudo (1993). Ahora
tenemos que decir que también ha contribuido a un cuadro
bastante devastador de la Inglaterra de Blair.
Los diablos, del director Christophe Ruggia (El joven
de Chaâba, 1998), es la historia de dos jóvenes,
aparentemente hermano y hermana, que al nacer fueron abandonados
por su madre en las calles de Marsella. La niña es víctima
del autismo y se haya perdida en su propio mundo. No aguanta que
la toquen. Su compañero no sólo la defiende con
ferocidad, sino que la ama con locura. Ambos sueñan con
encontrar la casa de sus sueños, donde podrían lograr
la felicidad. El joven entabla una lucha acérrima y desigual
contra las autoridades e instituciones para que lo dejen en paz
con la joven de tal modo que los dos puedan encontrar su hogar
sagrado. Pero la búsqueda tiene su fin inevitable.
El rigor y la sinceridad afirmativamente rigen el enfoque de
Ruggia. Con gran éxito ha tratado de contar la historia
desde adentro. El título se refiere a la manera
en que la sociedad oficial considera a los dos jóvenes.
La cinta muestra la lógica indiscutible de sus acciones,
no importa cuan violentas o drásticas sean desde el punto
de vista de ellos, o de lo que ellos perciben son sus necesidades.
En varias entrevistas, Ruggia se ha mostrado hostil al tratamiento
de jóvenes o niños que sufren desequilibrio psicológico;
es decir, a los que la sociedad y los medios de prensa populares
pintan como delincuentes o basura. Explica
que no es metiéndolos en la cárcel que uno
los ayuda. Estos niños sufren porque carecen amor, y si
reaccionamos violentamente contra ellos, no deberíamos
sorprendernos [de lo que suceda]. Y agrega: Era mi
deseo entrar en el interior de la mente de un niño y no
filmar una película que trata a los niños como si
fueran animalitos. Película inusual y de gran compasión.
Los diablos tiene varias cualidades que desagradan,
sobretodo en cuanto a la locura de amor de los dos
protagonistas. Este aspecto parece, hasta cierto punto, impuesto
desde afuera y, francamente, prescindible. No queda claro si la
trama cambiaría bastante sin incluir esta pasión
que presumimos no es cuerda. Nos preguntamos si ello quizás
sea una concesión inconsciente a la obsesión que
el cine francés actualmente tiene con el sensacionalismo
sexual.
Una película de Mauritania
Abderrahmane Sissako filma películas sutiles y hasta
delicadas. Hay que prestarle atención debida. En Esperando
la felicidad, Abdallah, hombre de temprana edad, regresa a
un pueblo desolado de Mauritania luego de larga ausencia. Su madre
quiere que se integre, que aprenda el idioma local, y que vista
ropa tradicional. Vemos a una madre enseñándole
bellas canciones coránicas a su hija. Un electricista,
que anteriormente había sido pescador, lucha con las condiciones
primitivas; hasta la instalación de una bombilla de luz
requiere un esfuerzo increíble. La gente van y vienen,
tratando de irse a lugares donde la vida es mejor. Un hombre de
habla chino es forzado a abandonar su novia africana. Otro, de
Mauritania, ilegalmente trata de llegar a España por barco
y termina ahogándose. Al final, Abdallah parte de nuevo.
La película muestra la desesperación económica
de manera objetiva y sincera. No trata de ahogarnos en el melodrama,
ni tampoco trata de menospreciar las condiciones intratables.
Esperando la felicidad plantea cuestiones acerca
de las tradiciones y la modernidad, quedarse o irse, el progreso
y el atraso. Quizás revela, más que otra cosa, lo
irracional de un sistema mundial que pone a tanta gente al margen
de la vida, oprimiéndola y efectivamente excluyéndola
de participar en la sociedad moderna.
Oasis, del surcoreano [sur] Lee Chan-dong, trata la
gente excluida de manera diferente: una mujer que sufre de displejía
espástica, cuya familia casi la ha abandonado completamente,
y un ex reo con problemas psicológicos a quien le es casi
imposible actuar de manera "aceptable". Las familias
de ambos son monstruosas y sólo se interesan por el dinero
y las apariencias. Estas dos almas heridas emprenden un amorío
extraño, emocionante y penoso - que termina en tragedia.
Con esta cinta, luego de Peces verdes (1997) y Dulce
de menta (2000), Lee se consagra entre los directores más
inteligentes y humanos del cine. Con Oasis ha hecho un
esfuerzo enorme por mostrar, de manera realista y dolorosa, las
relaciones entre sus dos protagonistas. El esfuerzo no se pierde,
pero a veces la película se concentra tan precisa e intensamente
en las dificultades físicas de la mujer que, por ejemplo,
la visión más general - de una sociedad bestialmente
indiferente a sus víctimas y en la que sólo importa
el éxito económico - se extravía.
Varias otras cintas mostraron elementos o secuencias valiosos.
Las hermanas Magdalenas (del director y actor escocés,
Peter Mullan) muestra las condiciones de la década del
60 en los conventos irlandeses que aceptaban a madres solteras,
cuyos bebés entonces eran entregados para ser adoptados,
y a muchachas jóvenes de personalidad coqueta
a cuyos padres les inquietaba su virtud sexual. La cinta de Mullan
enfoca el destino de tres jóvenes que fueron encarceladas
más o menos de esta manera. Las monjas, fanáticas
y sádicas, las humillan, les pegan y las usan como mano
de obra barata. Una se vuelve loca.
La Radio Vaticana ha atacado la cinta, que ganara el premio
como Mejor Película del festival de cine de Venecia, por
presuntamente comparar a la iglesia a los talibanes. Este es un
caso de protesta infundada. Mullan le comentó a la prensa:
Me desilusiona el anuncio que han hecho...[que sostiene]
que esto nunca sucedió. Es algo que verdaderamente me sorprende.
Creía que por lo menos tendrían la valentía
de admitir que estas cosas sí que sucedieron. No soy dramaturgo
suficientemente capaz para falsificar estas cosas.
Con Placeres desconocidos, el director Jia Zhang-ke
sigue explorando la situación de la juventud en la China
contemporánea del mercado libre (Xiao Wu, 1997;
Plataforma, 2000]. En Datong, ciudad industrial en decadencia
en el norte de China, dos jóvenes desempleados y sin rumbo
tratan de darle significado a sus vidas, sin el menor éxito.
Uno se enamora de una cantante popular de segunda categoría,
quien es novia de un gángster de poca monta. El otro establece
relaciones con una joven que se va a Pekín a estudiar comercio
internacional. Terminan robándose un banco, delito
que en la China merece la pena de muerte.
Las referencias a la Organización del Mercado Mundial
y al poderío del dólar estadounidense, a la comercialización
y a la corrupción, a los fracasos de las empresas estatales
y a las condiciones deterioradas (una explosión en una
fábrica de ropa mata a 46 personas) son suficientes para
dejar bien claro que a Jia le preocupa del impacto del capitalismo
mundial, que más y más aprieta, sobre las vidas
de esta juventud, quienes gran parte son fatalistas y no le tienen
esperanzas al futuro. Uno de ellos pregunta, ¿Y qué
ofrece la vida prolongada? Cuando la novia le dice, Te
puedes comunicar conmigo en el futuro, él le contesta,
¿Cuál maldito futuro?.
Es precisamente esta resignación, esta actitud despasionada
acerca de la realidad de la situación, que lastima la película
y que la convierte, a pesar del cuidado y la susceptibilidad del
tratamiento, en algo para olvidarse. Es verdad que cierto tipo
de realismo o naturalismo fracasa debido precisamente a que cree
que los sucesos son naturales, es decir, inevitables.
La cinta no muestra el menor concepto, en el sentido narrativo
o en su enfoque formal, que pueda existir otro final. Si es que
tiene lirismo, éste es estático.
Y esto nos conduce al tema de las dificultades que se encuentran
hasta en las películas de mayor éxito.
No existe el menor concepto de oposición
popular
Las mejores películas examinan, desde un punto de vista
agudamente crítico, las circunstancias en que la enorme
mayoría de la población es forzada a vivir y el
impacto psicológico que proviene de esas circunstancias.
En ese sentido, plantean una protesta significante. Pocas son
las películas entre estas - si es que las hay - que muestran
el menor indicio de la posibilidad que los explotados y abusados
puedan reafirmar sus propios intereses independientes, o que puedan
oponerse a, o transformar, su situación.
(Existe, claro, una pequeña tendencia de directores
radicales o "izquierdistas", pero por lo
regular sus esfuerzos por fomentar la oposición y la rebelión
a las condiciones actuales no son convincentes. Presentan una
realidad que en gran parte existe sólo en sus cerebros,
o crean personajes que son poco más que estereotipos sociales,
o ambos. Su negativa en luchar por comprender el estado actual
de la sociedad, en vez de plantear como el mundo nos gustaría
que fuera, sugiere que en estos ámbitos un profundo pesimismo
reina detrás de la valentía.)
Quiero expresar de nuevo que esto no sugiere para nada que
los directores y demás artistas muestren realidades políticas
que todavía no existen. Sin embargo -y esto es crítico
- el artista no debería ser víctima total de la
superficialiad de los sucesos. Es cierto que los directores de
cine tienen la capacidad para estudiar la historia y los procesos
sociales. Pero lo que verdaderamente no existe es la realidad
total. No obstante, si esa es la realidad de la situación
para la gran mayoría de los artistas, ello sólo
puede explicarse por la confusión política e ideológica
de la actualidad. ¡Hasta ahí llega el artista como
profeta!
Existe algo inquietante en la situación actual. Por
una parte se encuentran directores aparentemente izquierdistas
(o que por lo menos tienden a la crítica social) que reconocen
la existencia de la opresión clasista. Por otra hay aquellos
que consideran que la sociedad no es nada más que un conjunto
de átomos humanos que flotan libremente, pero quienes poseen
cierto talento artístico de fondo. Ambos grupos, sin embargo,
tienden a hacer decisiones estéticas semejantes.
Existe cierto parecido en ciertos respectos claves, entre,
digamos, Placeres desconocidos y Los mejores tiempos,
de Chang Tso-chi (Taiwán), trama de dos jóvenes
sin rumbo en un suburbio de Taipei. Las dos cintas se han logrado
cuidadosamente y con reflexión. Ambas cuentan con momentos
exquisitos y describen, de cierta manera u otra, condiciones sociales
inhumanas. Pero ambas cintas, no importa las intenciones de sus
realizadores, exuden el aire de resignación. Jia, sin embargo,
aparentemente desea ubicar los dilemas de sus personajes dentro
del contexto del mercado libre capitalista; Chang deja bien claro
que no le interesan los problemas sociales y abiertamente reconoce
su propio fatalismo cuando declara - y esto nos ayuda a comprenderlo
- que se me ocurre que cada uno de nosotros vive en ...los
mejores tiempos. Este impulso, ocasionado por el nuevo realismo
(si así podemos llamarlo) que ambos comparten, hasta cierto
punto no sugiere, o de alguna manera concluye, que existe la posibilidad
de destruir el statu quo.
La forma que esta oposición - si es que existe - toma
contra este fatalismo del cine actual es, como hemos notado previamente,
el gesto individual o la reconciliación personal, que podemos
presenciar en Todo o nada, Los diablos y Oasis;
en El hijo, película claustrofófica de los
hermanos Dardenne (pero los resultados no son muy agradables);
y, por el momento, un ciento de películas menos importantes.
En circunstancias aparentemente imposibles, en que sólo
la crueldad y la dureza dominan, seres humanos se comunican entre
sí, o por lo menos unos le extienden la mano a otros.
En la época actual, cuando las autoridades oficiales
celebran el egoísmo y la crueldad y, un poco más
allá, la avaricia y el militarismo, no existe razón
para denigrar la reconciliación o actos de bondad humana
y compasión elemental, o lo que los Dardennes llaman la
capacidad de ponerse en el lugar del otro. La creación
de un ambiente social diferente, por lo menos entre los explotados,
en el que la falta de egoísmo y la solidaridad dominan,
es una condición que tiene que establecerse para causar
un cambio en la vida social. Para lograr esto, sin embargo, tenemos
que considerar que los actos individuales son solamente un eslabón
en la cadena de seres sociales, no un fin en sí mismo tal
como las películas mencionadas tienen la tendencia a mostrar.
Esta última exploración puede llegar a convertirse
en la base para nuevas formas de ensimismación y evasión
de los problemas sociales, y hasta de la auto satisfacción.
El determinismo en la historia
Parecería que la gran dificultad es que el pensamiento
y la sensibilidad artística han sido vaciados de todo concepto
científico sistemático de la sociedad y la historia.
Presenciamos en particular el fracaso, casi universal, en comprender
el determinismo en el proceso social e histórico.
Lo vemos entre los que reconocen la existencia y consecuencias
de una sociedad injusta y aquellos que han cerrado los ojos a
estas cuestiones.
Parece que a los artistas nunca se les ocurre, aún a
los que más critican a la sociedad, que la situación
insoportable a la cual grandes sectores de la población
se enfrentan inevitablemente provocarán la reacción
de las masas, a pesar de las dificultades ideológicas y
políticas actuales. Hasta para aquellos que reconocen las
raíces sociales de las dificultades de sus personajes,
este conocimiento es, en gran parte, pasivo. Y aún en estos
casos descubriremos que el verdadero destino del individuo por
lo general se desenlaza puramente en la esfera de lo personal
y de las relaciones emocionales.
Desde el punto de vista práctico, queda bien
claro que las obras de los directores que hemos mencionado, sean
de izquierda o indiferentes a la política,
representan a la sociedad como si ésta fuera simplemente
la suma total de las acciones de individuos. Chang Tso-chi plantea
este punto de vista de manera explícita: Quizás
lo que llamamos humanidad' es simplemente la suma de innumerables
individuos anestesiados. Quizás lo que llamamos los
tiempos' no son más que la suma de las memorias de vidas
breves e innumerables". Christophe Ruggia es un poco más
defensivo cuando comenta que Yo quería mostrar el
rumbo de dos vidas distintas toman. Cuando uno se pone a generalizar
demasiado no hay respuesta. Claro, se puede generalizar
demasiado, pero el problema de hoy día es que los artistas
generalizan demasiado poco.
Un análisis serio de la sociedad revela que las clases
existen y que funcionan independientemente de - y a veces
en oposición al - conocimiento y los deseos de los individuos.
Los artistas contemporáneos examinan los motivos de los
individuos, pero rara vez se preguntan cuales son las fuerzas
que animan estos motivos. Para averiguar esto hay que tener un
concepto de la historia y de la sociedad como procesos gobernados
por leyes. Recuerda el comentario de Marx en La familia sagrada:
No es cosa de lo que este o aquel proletario, o hasta el
proletario en general, considere cuales son sus objetivos. Es
asunto de lo que el proletario en realidad es y lo que, de acuerdo
con su ser, será históricamente obligado a hacer.
Naturalmente, aún si el artista estuviera de acuerdo
con esta idea, no se espera que, cuando se enfrenta a la realidad
compleja y contradictoria, sólo la esclarezca o la confirme.
Para llegar a la verdad, el arte toma caminos considerablemente
más indirectos. Sin embargo, la falta casi total de este
concepto - que las clases sociales están obligadas
a emprender ciertas acciones según lo requiera la necesidad
histórica ha tenido las peores consecuencias para
la creación artística de nuestra época.
En La literatura y la revolución, Trotsky arguyó
de manera brillante contra el concepto que la vida, como un río,
no tiene ni rumbo ni propósito. Al responderle a un tal
Lezhnev, quien había expresado un punto de vista semejante,
Trotsky preguntó: Es más, ¿qué
significa que la vida en sí' no es teleológica
[sin propósito final] y que ha sido creada justamente como
el río fluye? Observa que hasta en relación
a su propia fisiología, el hombre corrige la espontaneidad
de la vida por medio del arte culinario, la higiene, la
medicina, etc.
Sigue Trotsky: Pero la vida también consiste de
algo superior a la fisiología. La mano de obra humana,
que precisamente difiere al hombre del animal, es completamente
teleológica. Y esta mano de obra no existe fuera del esfuerzo
racional para usar la energía. Y la mano de obra ocupa
su lugar en la vida humana. El arte, aún el más
puro, es completamente teleológico porque si no tiene grandes
propósitos, no importa lo inconscientemente que el artista
los sienta, se degenera en mera bulla.
Este comentario es una crítica muy perspicaz del enfoque
que tantos en el arte y cine contemporáneo tienen.
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